Cuando Europa se comía las momias de Egipto

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Imagina entrar en una botica europea hace cuatrocientos años.

El establecimiento está lleno de pequeños frascos, hierbas secas, minerales y preparados cuyos nombres apenas reconoces. El boticario escucha tus síntomas, se acerca a uno de sus estantes y toma un recipiente que contiene un polvo oscuro.

No procede de ninguna planta.

Tampoco es un mineral.

Según te explica, aquello ha viajado desde Egipto. Alguna vez formó parte de un cuerpo humano enterrado siglos atrás.

Es una momia triturada.

Y estás a punto de utilizarla como medicamento.

Aunque hoy pueda parecer una escena de ficción, durante siglos en Europa existió un comercio de una sustancia conocida como mumia. Y detrás de aquel extraño remedio se encuentra una historia extraordinaria sobre medicina, comercio y, sobre todo, sobre cómo una idea puede adquirir valor simplemente porque suficientes personas creen en ella.

Todo pudo comenzar con una confusión

La historia empieza mucho antes de que los europeos comenzaran a pulverizar restos humanos.

En la medicina medieval circulaban referencias a una sustancia denominada mumiya, relacionada originalmente con el betún natural, un material oscuro al que se atribuían propiedades terapéuticas.

En algún momento ocurrió una asociación decisiva.

Los europeos creían que sustancias parecidas al betún habían sido utilizadas para conservar las momias egipcias. Poco a poco, el significado comenzó a desplazarse: si aquella sustancia tenía propiedades medicinales y estaba presente en los cuerpos momificados, quizá los propios cuerpos también las tenían.

Una confusión lingüística y médica terminó transformándose en una práctica comercial.

Ya no hacía falta buscar únicamente el supuesto betún.

La momia era el medicamento.

De una tumba egipcia a una farmacia europea

La escena que siguió habría resultado inimaginable para quienes habían enterrado aquellos cuerpos miles de años antes.

Restos momificados comenzaron a salir de Egipto con destino a Europa. Una vez allí podían ser fragmentados, triturados y convertidos en preparados medicinales.

El polvo oscuro aparecía en boticas y recetarios. Se utilizaba para tratar diferentes dolencias, especialmente aquellas relacionadas con heridas, golpes o hemorragias.

Y había algo que hacía que el producto resultara todavía más atractivo: su procedencia.

Egipto ejercía una poderosa fascinación sobre Europa. Una sustancia obtenida de un cuerpo preservado durante siglos parecía contener algo extraordinario. Antigüedad, misterio y medicina se mezclaban dentro del mismo frasco.

La mumia había adquirido una característica fundamental para cualquier mercado: una historia capaz de justificar su valor.

Cuando apareció un problema inesperado: la demanda

Entonces ocurrió algo que se repite una y otra vez en la historia económica.

Cuando existe demanda por un producto escaso y valioso, alguien intenta aumentar la oferta.

Las momias auténticas no eran infinitas. Sin embargo, el mercado europeo seguía interesado en ellas.

Diversos testimonios de la época denunciaron entonces un negocio todavía más macabro: comerciantes que utilizaban cadáveres relativamente recientes, los trataban para darles apariencia de antigüedad y los vendían como si fueran auténticos restos momificados.

El consumidor difícilmente podía comprobar qué estaba comprando.

Un polvo oscuro llegado desde miles de kilómetros podía proceder de una tumba del antiguo Egipto.

O quizá no.

La asimetría de información era casi perfecta.

No era una superstición reservada a los ignorantes

Resultaría cómodo pensar que estas prácticas pertenecían únicamente a los sectores menos instruidos de la sociedad.

La realidad es bastante más incómoda.

Los remedios elaborados con restos humanos circularon también entre las élites europeas. Médicos, boticarios y personajes de las clases privilegiadas participaron de una cultura medicinal en la que ingredientes que hoy resultarían inconcebibles podían considerarse perfectamente legítimos.

Carlos II de Inglaterra, por ejemplo, utilizaba una preparación conocida como King’s Drops, relacionada con la llamada medicina de cadáveres. Se elaboraba con restos humanos y se le atribuían diferentes propiedades terapéuticas.

La idea de que una sustancia procedente del cuerpo pudiera conservar parte de su fuerza vital tenía cabida dentro de determinadas concepciones médicas de la época.

Para nosotros resulta absurdo.

Para ellos podía ser ciencia.

Y esa diferencia es precisamente lo que hace tan interesante la historia.

Un mercado construido alrededor de una creencia

Durante generaciones, alguien extraía los restos. Otro los transportaba. Un comerciante los compraba. Un boticario los transformaba. Un médico podía recomendarlos. Finalmente, un paciente pagaba por consumirlos.

Había oferta, demanda, intermediarios, falsificaciones y una narrativa que justificaba el precio.

Existía, en definitiva, un mercado.

Y en el centro de todo aquel sistema había algo mucho más poderoso que el propio producto: una creencia compartida sobre su valor.

Con el avance de la medicina experimental y los cambios en la comprensión del cuerpo humano, la mumia fue perdiendo progresivamente su prestigio terapéutico. Lo que durante generaciones había ocupado un lugar perfectamente serio en determinadas farmacopeas terminó convirtiéndose en una curiosidad histórica.

Pero el mecanismo que permitió su existencia no desapareció con ella.

El frasco ha cambiado; el comportamiento humano, no tanto

Es fácil observar aquella farmacia imaginaria del siglo XVII desde nuestra perspectiva y preguntarnos cómo alguien podía pagar por un frasco lleno de restos humanos pulverizados.

La pregunta verdaderamente interesante es otra.

¿Qué productos actuales parecerán igual de incomprensibles dentro de cuatrocientos años?

Porque el mercado de las momias no habla únicamente de una medicina equivocada. Habla de autoridad, escasez, información imperfecta, prestigio y percepción del valor.

Un producto podía valer mucho porque era difícil de conseguir. Podía parecer eficaz porque médicos respetados lo recomendaban. Podía generar confianza porque llevaba utilizándose durante generaciones. Y podía alcanzar precios elevados porque procedía de un lugar remoto y estaba rodeado de una historia extraordinaria.

Ninguna de esas cosas demostraba que funcionara.

Pero todas contribuían a que alguien estuviera dispuesto a pagar por él.

En algún momento, una persona entró en una botica europea, dejó unas monedas sobre el mostrador y salió convencida de llevar consigo una medicina extraordinaria.

Dentro del pequeño recipiente había polvo.

Pero buena parte de su valor estaba en algo que no podía verse.

La historia que todos habían decidido creer.

 

Equipo Editorial 

Instituto Español de la Bolsa 

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