Cuando la ropa empezó a presumir de masculinidad

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Hay prendas que nacieron para resolver un problema práctico.

Y luego está la bragueta.

Durante la Edad Media, esta pieza de tela tenía una función bastante sencilla: cubrir y proteger la zona entre las piernas cuando los hombres empezaron a utilizar prendas cada vez más ajustadas. Era, en esencia, una solución práctica a una cuestión de vestuario.

Pero durante el siglo XVI ocurrió algo curioso.

La bragueta dejó de ser simplemente funcional y empezó a crecer.

Y crecer.

Y crecer.

Hasta convertirse en uno de los elementos más llamativos de la moda masculina del Renacimiento.

Cuando más grande significaba más importante

En aquella época, la ropa no servía únicamente para cubrir el cuerpo. También comunicaba quién eras.

El tejido que llevabas, los colores, los adornos, los zapatos e incluso la cantidad de tela de tu traje podían revelar tu riqueza y tu posición social.

La bragueta entró en ese juego.

Algunos hombres comenzaron a utilizar modelos acolchados, decorados y extraordinariamente prominentes. Podían llevar bordados, adornos metálicos o incluso joyas.

Lo que originalmente había sido una pieza discreta terminó convirtiéndose en algo imposible de ignorar.

Y eso no era casualidad.

La moda masculina estaba construyendo una silueta que enfatizaba deliberadamente determinadas partes del cuerpo. La bragueta servía para proyectar una imagen de fuerza, virilidad, poder y seguridad.

Era una especie de lenguaje visual.

Antes de que un hombre pronunciara una palabra, su ropa ya estaba hablando por él.

El rey que llevó la tendencia al extremo

Uno de los ejemplos más famosos fue Enrique VIII de Inglaterra.

Cuando pensamos en sus retratos, probablemente imaginamos su enorme figura, sus ropas lujosas y su característica barba.

Pero hay otro detalle que llama especialmente la atención: su prominente bragueta.

En los retratos de Enrique VIII, la silueta masculina está cuidadosamente construida para transmitir autoridad. Los hombros parecen enormes, el cuerpo ocupa espacio y la ropa está diseñada para hacer que el monarca parezca todavía más poderoso.

La bragueta formaba parte de esa estrategia visual.

No era simplemente una cuestión de moda.

Era una forma de decir: aquí hay un hombre poderoso.

La moda como propaganda

Lo fascinante es que la ropa podía funcionar prácticamente como propaganda.

Un rey no necesitaba explicar constantemente su posición. Su apariencia ya lo hacía.

Los tejidos caros demostraban riqueza.

Los adornos demostraban estatus.

La amplitud del traje demostraba poder.

Y la exageración de determinadas partes del cuerpo ayudaba a construir una imagen de masculinidad.

La ropa se convertía así en una especie de escenario en el que el cuerpo era el protagonista.

Y cuanto más llamativa era la silueta, más difícil resultaba ignorar a quien la llevaba.

Pero la moda también tiene fecha de caducidad

Como ocurre con prácticamente todas las tendencias, aquella exageración no duró para siempre.

La bragueta fue perdiendo protagonismo y, con el tiempo, desapareció de la vestimenta masculina.

Lo interesante es que hoy nos puede resultar extraño mirar un retrato del siglo XVI y ver a un hombre vestido de esa manera.

Pero probablemente eso dice más sobre nosotros que sobre ellos.

Porque muchas de las tendencias que consideramos normales hoy podrían parecer completamente absurdas dentro de 500 años.

Tacones, pantalones extremadamente anchos, ropa oversized, plataformas, prendas transparentes o logotipos gigantes pueden parecer tan extraños para una persona del futuro como nos parece a nosotros un hombre del Renacimiento caminando con una enorme bragueta acolchada.

La ropa nunca ha sido solo ropa

Quizá esa sea la parte más interesante de esta historia.

La ropa parece algo cotidiano: nos ponemos una camisa, unos pantalones o un vestido y salimos de casa.

Pero durante miles de años, vestirse ha sido mucho más que eso.

Ha servido para mostrar riqueza, pertenencia, religión, profesión, poder, rebeldía y posición social.

Y, en el caso de la bragueta renacentista, incluso para convertir una parte del cuerpo masculino en una auténtica declaración política y social.

Porque la moda tiene una curiosa capacidad:

puede convertir algo completamente cotidiano en un símbolo de poder.

Y algunas veces, ese símbolo resulta ser bastante más grande de lo que esperaríamos.

 

Equipo Editorial 

Instituto Español de la Bolsa

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