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Durante siglos, algunas de las personas más poderosas de Europa estuvieron dispuestas a pagar auténticas fortunas por una de las mercancías más extraordinarias de su tiempo.

Cuernos de unicornio.

No eran simples objetos decorativos. Reyes, nobles y comerciantes estaban convencidos de que aquellos largos cuernos blancos y retorcidos poseían propiedades excepcionales. Podían proteger contra el veneno, detectar sustancias peligrosas e incluso, según determinadas creencias, combatir algunas enfermedades.

Había solamente un pequeño problema.

Los unicornios no los habían producido.

Un objeto llegado de un mundo desconocido

Mucho antes de que los europeos conocieran bien la fauna del Ártico, comenzaron a circular por el continente unos enormes objetos de marfil con una característica difícil de ignorar: podían alcanzar varios metros de longitud y presentaban una espectacular forma helicoidal.

Para alguien que jamás hubiera visto al animal del que procedían, parecían exactamente lo que cabría esperar del cuerno de una criatura legendaria.

En realidad, eran colmillos de narval.

El narval habita principalmente en aguas árticas y el característico “cuerno” que presentan muchos machos es, en realidad, un diente extremadamente desarrollado.

Pero entre el lugar donde vivían estos animales y las grandes cortes europeas existía una enorme distancia física e informativa. Los comerciantes podían ofrecer el objeto sin que el comprador tuviera prácticamente ninguna posibilidad de comprobar personalmente su procedencia.

El misterio hacía el resto.

El antídoto que todo rey quería tener

La obsesión europea por aquellos supuestos cuernos tenía una explicación que iba mucho más allá de su rareza.

Durante siglos, el envenenamiento fue un temor presente en las cortes. En un mundo en el que los métodos para identificar sustancias tóxicas eran extremadamente limitados, cualquier objeto al que se atribuyera la capacidad de neutralizar un veneno adquiría inmediatamente un enorme valor.

Al llamado alicornio, el supuesto cuerno del unicornio, se le atribuyeron precisamente esas propiedades.

Se creía que podía purificar líquidos contaminados. Algunas piezas se utilizaban para fabricar recipientes y objetos destinados a las mesas de personajes poderosos. Otras permanecían intactas como auténticos tesoros dinásticos.

Poseer uno no era únicamente una cuestión de superstición. También era una demostración de riqueza y poder.

Cuanto más raro parecía el objeto, mayor era su prestigio.

Cuando el precio no depende del objeto

Aquí es donde la historia del unicornio se vuelve sorprendentemente moderna.

Un colmillo de narval tenía unas determinadas características físicas. Era marfil, era difícil de conseguir y procedía de regiones remotas.

Pero buena parte de su extraordinario valor no estaba en el material.

Estaba en la historia.

El comprador creía que estaba adquiriendo algo procedente de una criatura prácticamente inaccesible. Además, pensaba que ese objeto podía proteger su vida.

Escasez, exclusividad, desconocimiento y utilidad percibida se combinaron para crear un producto extraordinariamente valioso.

El objeto era real.

La explicación de su origen no.

El día que apareció el narval

Con el avance de la exploración y del conocimiento científico, mantener aquella historia se volvió cada vez más complicado.

Los europeos comenzaron a disponer de información más precisa sobre los animales del Ártico y la verdadera procedencia de aquellos misteriosos objetos terminó siendo conocida.

El cuerno mágico pasó a ser un diente.

Y algo fundamental cambió.

El colmillo continuaba siendo exactamente el mismo objeto que antes. Conservaba su tamaño, su forma helicoidal, su rareza y su belleza.

Lo que había cambiado era la información disponible sobre él.

Y con ella desaparecía una parte esencial de su antiguo valor.

El unicornio nunca estuvo en el cuerno

Quizá esa sea la parte más interesante de toda la historia.

Durante generaciones, personas extremadamente poderosas conservaron objetos cuyo enorme valor dependía, en parte, de algo que no podía verse ni tocarse: una creencia compartida.

El mercado necesitaba el colmillo de narval, pero también necesitaba la historia del unicornio.

Cuando una de las dos desapareció, el objeto dejó de significar lo mismo.

Y esa lógica no pertenece únicamente a las cortes medievales.

Los mercados siempre han estado construidos sobre una combinación de realidad y percepción. Un activo puede tener determinadas características objetivas, pero su precio también incorpora expectativas, información, escasez percibida y las historias que las personas están dispuestas a creer.

Hace siglos, esa historia hablaba de una criatura blanca con un cuerno mágico.

Mientras suficientes personas creyeron en ella, el unicornio no necesitó existir para tener un precio.

 

Equipo Editorial 

Instituto Español de la Bolsa 

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