A finales del siglo XIX, la bicicleta comenzó a convertirse en mucho más que un nuevo medio de transporte.
Para muchas mujeres, aquellas dos ruedas representaban algo que hasta entonces no resultaba tan sencillo de conseguir: libertad para desplazarse por sí mismas.
Una mujer podía subirse a una bicicleta y recorrer varios kilómetros sin necesitar un carruaje, un conductor o un acompañante. Podía visitar a una amiga, hacer un recado o simplemente salir de casa y decidir por sí misma hasta dónde quería llegar.
Y eso, en aquella época, tenía importantes consecuencias sociales.
El problema de pedalear con un vestido
Había un obstáculo evidente: la ropa.
Los vestidos femeninos del siglo XIX eran largos, voluminosos y poco prácticos para montar en bicicleta. Por eso comenzaron a aparecer prendas alternativas, entre ellas los famosos bloomers, unos pantalones amplios que facilitaban enormemente el movimiento.
Pero los bloomers no eran simplemente una cuestión de comodidad.
Para muchas personas, que una mujer llevara pantalones era una ruptura con las normas sociales. Una mujer vestida de aquella manera, montada en bicicleta y desplazándose sola representaba una imagen completamente nueva.
La bicicleta estaba empezando a cambiar también la manera en que las mujeres podían presentarse en público.
Una nueva independencia
La verdadera revolución estaba en algo muy sencillo: poder irse.
Antes, determinados desplazamientos podían depender de la familia, de un acompañante o de disponer de un carruaje. La bicicleta reducía esas barreras.
No hacía falta ser especialmente rica para utilizarla y, una vez aprendida la técnica, permitía recorrer distancias considerables.
Para algunas mujeres, esto significó tener mayor autonomía para estudiar, trabajar, visitar a otras personas o participar en actividades fuera de casa.
La bicicleta no había sido diseñada para cambiar la sociedad.
Pero terminó haciéndolo.
Cuando pedalear se convirtió en algo polémico
La reacción tampoco tardó en aparecer.
Algunos sectores consideraban que montar en bicicleta era poco apropiado para las mujeres. Incluso circularon advertencias sobre supuestos problemas físicos asociados al ciclismo femenino.
Entre ellas apareció el curioso concepto de “bicycle face”, según el cual el esfuerzo y la concentración necesarios para montar podían provocar una expresión facial desagradable o permanente.
Hoy resulta extraño pensar que alguien pudiera considerar peligrosa una mujer simplemente por montar en bicicleta.
Pero demuestra hasta qué punto aquella nueva libertad podía resultar incómoda para las convenciones sociales de la época.
Una máquina pequeña, un cambio enorme
La bicicleta no consiguió por sí sola la emancipación de las mujeres.
Pero sí proporcionó algo muy concreto y poderoso: movilidad.
Y la movilidad significa poder elegir dónde estar.
Por eso, para muchas mujeres de finales del siglo XIX, aprender a montar en bicicleta no consistía únicamente en aprender a mantener el equilibrio sobre dos ruedas.
Significaba aprender que podían recorrer una distancia por sus propios medios.
Que podían salir.
Que podían decidir.
Y que, al menos durante unos kilómetros, nadie tenía que llevarlas a ninguna parte.
Equipo Editorial
Instituto Español de la Bolsa





