En la historia económica mundial hay episodios que parecen escritos por un guionista con sentido del humor ácido.
Uno de ellos sucedió en 1835, cuando Estados Unidos, ese país que hoy debe más de 34 billones de dólares, logró lo que muchas naciones solo pueden soñar: quedarse con una deuda pública igual a cero.
Ni un dólar. Ni un centavo. Pero lo que parecía el sueño libertario por excelencia, acabó siendo la antesala de una de las crisis financieras más devastadoras del joven país.
El presidente que odiaba las deudas
Andrew Jackson no era un hombre de medias tintas. Heroico general en la guerra contra los británicos, con fama de duro, temperamento volcánico y una desconfianza casi patológica hacia los banqueros, Jackson llegó a la presidencia en 1829 con una misión clara: liberar a Estados Unidos de la tiranía de la deuda.
Su odio por la deuda no era solamente retórico. Jackson la había vivido en carne propia. Durante su carrera como abogado y comerciante, había sufrido los vaivenes del crédito fácil y las ejecuciones hipotecarias.
Esa experiencia personal marcó profundamente su visión económica. Estaba convencido de que la deuda nacional beneficiaba a una élite especuladora y que empobrecía al ciudadano común.
Desde el primer día en el Despacho Oval, se propuso acabar con ella. Y no de manera simbólica, sino real, contundente, absoluta.
El plan de austeridad radical
Jackson redujo el gasto federal al mínimo. Rechazó proyectos de infraestructuras (como carreteras y canales) que consideraba innecesarios, vendió tierras públicas y utilizó el superávit fiscal para pagar la deuda acumulada desde la Guerra de Independencia.
Al mismo tiempo, emprendió una guerra frontal contra una de las instituciones más poderosas del país: el Segundo Banco de los Estados Unidos, una especie de banco central que funcionaba como regulador del crédito y depositario de los fondos del gobierno federal.
Jackson lo veía como una amenaza a la democracia, un nido de corrupción y favoritismo financiero.
Tras una batalla política intensa, vetó la renovación de su carta fundacional en 1832, y se aseguró de retirar todos los fondos federales del banco para debilitarlo. La medida desató controversias, pero Jackson se mantuvo firme.
1835: el año sin deuda
Finalmente, tras años de ajustes, recortes, venta de terrenos y disciplina fiscal, en enero de 1835 el Tesoro de los Estados Unidos anunció que la deuda nacional había sido pagada por completo. El país no debía absolutamente nada.
Fue la primera —y hasta hoy, la única— vez que Estados Unidos estuvo completamente libre de deuda pública.
La noticia fue recibida con entusiasmo por los seguidores de Jackson, que lo consideraban un paladín de la honestidad fiscal.
Para muchos ciudadanos comunes, era una prueba de que la república podía sostenerse sin depender de intereses ajenos. Pero no todo era tan brillante como parecía.
El caos detrás del orden
Lo que siguió fue una especie de ironía histórica.
El cierre del Banco Central provocó un vacío de regulación. Sin un actor que moderara la emisión de crédito, los bancos estatales comenzaron a prestar dinero de forma descontrolada.
Se desató una fiebre especulativa sobre todo en el mercado de tierras. Miles de ciudadanos, incentivados por la facilidad del crédito, compraban terrenos con la expectativa de revenderlos a precios más altos.
Jackson, al notar el descontrol, intentó frenarlo con una orden conocida como el Specie Circular, que obligaba a pagar las compras de tierras públicas con oro o plata en lugar de papel moneda.
Esta medida, en lugar de calmar el mercado, provocó una crisis de liquidez: los bancos no tenían suficientes metales preciosos, el crédito se paralizó y la economía se frenó en seco.
El resultado fue el Pánico de 1837, una depresión económica que duró siete años, con quiebras bancarias en cadena, desempleo masivo y pobreza generalizada. Irónicamente, el país que había celebrado su liberación de la deuda entró en una de sus peores crisis precisamente por los efectos colaterales de esa hazaña.
¿Una victoria pírrica?
La eliminación de la deuda fue real y admirable desde ciertos puntos de vista. Pero también fue insostenible.
Sin la posibilidad de financiar proyectos mediante deuda pública, el Estado federal quedó atado de manos en momentos de necesidad. La falta de inversión pública también ralentizó el desarrollo de infraestructuras clave.
Cuando estalló la crisis, el gobierno ya no tenía herramientas efectivas para intervenir. En 1837, apenas dos años después del hito, Estados Unidos volvió a endeudarse. Y desde entonces, nunca más ha estado libre de deuda.
Hoy, el país mantiene uno de los niveles de deuda más altos del planeta, aunque su economía sigue siendo una de las más grandes.
La idea de volver a cero sigue siendo una quimera política recurrente, pero la experiencia de Jackson sirve como advertencia: una deuda cero no es sinónimo de economía sana si el equilibrio no es sostenible ni está acompañado de regulaciones adecuadas.
El legado contradictorio de Jackson
Andrew Jackson sigue siendo una figura polémica. Para algunos, fue un presidente valiente que enfrentó al poder financiero y defendió al ciudadano común. Para otros, fue un populista autoritario que desmanteló instituciones clave y sembró las semillas de una gran crisis económica.
Lo cierto es que su cruzada contra la deuda dejó una marca indeleble en la historia de EE.UU. Tanto, que su rostro sigue figurando hoy en los billetes de 20 dólares… irónicamente, un instrumento de deuda respaldado por el mismísimo banco central que él ayudó a destruir.
La historia del «Estados Unidos sin deuda» deja una enseñanza valiosa: el equilibrio financiero no se logra solo eliminando pasivos, sino entendiendo las dinámicas del mercado, el rol de la liquidez y el impacto de las regulaciones.
Jackson logró pagar la deuda, sí, pero ignoró los efectos secundarios de su política en los mercados crediticios. Como traders, debemos recordar que las decisiones extremas pueden generar desequilibrios fatales si no se consideran las consecuencias sistémicas.





