El invento que cambió las tiendas… sin hacer rico a su inventor

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Antes de que un producto pudiera pasar por una caja y convertirse en un precio en cuestión de segundos, comprar era una operación mucho más lenta.

El empleado tenía que identificar el producto, buscar su precio y registrarlo manualmente. Para un supermercado con cientos o miles de referencias, aquello suponía tiempo, errores y largas colas.

A finales de los años cuarenta, un empresario del sector alimentario planteó un desafío que parecía propio de una época todavía lejana: encontrar una forma de identificar automáticamente los productos en el momento de pagar.

La solución acabaría convirtiéndose en uno de los inventos más omnipresentes del mundo moderno.

Pero su historia comenzó de una manera bastante peculiar.

Una idea dibujada en la arena

En 1948, el ingeniero estadounidense Norman Woodland comenzó a trabajar sobre el problema junto con Bernard Silver.

Woodland necesitaba encontrar una manera de representar información que pudiera ser leída automáticamente por una máquina. La inspiración apareció durante unas vacaciones en Miami.

Según relató posteriormente, mientras pensaba en el problema recordó el código Morse que había aprendido años atrás. Si los puntos y las rayas podían representar información, quizá también podrían utilizarse líneas de diferentes grosores.

Entonces hizo algo todavía más extraño: dibujó círculos concéntricos en la arena.

Su primera propuesta no se parecía al código de barras que conocemos actualmente. Era más parecida a una diana: una serie de círculos que podían ser leídos desde diferentes ángulos.

En 1952, Woodland y Silver patentaron el sistema.

El problema era que habían llegado demasiado pronto.

Una gran idea sin tecnología suficiente

El concepto funcionaba sobre el papel, pero convertirlo en una herramienta comercial era otra historia.

Para leer automáticamente aquellos patrones hacía falta una combinación de sensores, iluminación y procesamiento de información que todavía resultaba demasiado cara y complicada.

La patente existía. La idea también.

Pero el mundo todavía no estaba preparado para ella.

Woodland terminó vendiendo sus derechos y continuó trabajando en otras áreas. Durante años, el código de barras permaneció como una solución tecnológica que parecía tener más futuro en teoría que en la práctica.

Hasta que llegaron los láseres.

De la teoría a la caja del supermercado

Durante las décadas de 1960 y 1970, los avances en electrónica y tecnología óptica hicieron posible desarrollar lectores mucho más rápidos y fiables.

El diseño original de los círculos terminó dando paso al sistema de líneas verticales que hoy reconocemos inmediatamente.

Y llegó el momento decisivo.

El 26 de junio de 1974, en un supermercado Marsh de Troy, Ohio, un empleado pasó por el lector un producto aparentemente insignificante.

Era un paquete de chicles Wrigley’s Juicy Fruit.

El escáner emitió un sonido.

El sistema había identificado automáticamente el producto.

Por primera vez, un artículo de supermercado había sido registrado mediante un código de barras.

La paradoja de Norman Woodland

Aquel pequeño paquete de chicles fue el comienzo de una transformación gigantesca.

El código de barras acabaría modificando la logística, el comercio minorista, la gestión de inventarios y la manera en que las empresas controlan millones de productos.

Sin embargo, su creador no se convirtió en el multimillonario que cabría imaginar.

Woodland había vendido sus derechos sobre la patente mucho antes de que el código de barras alcanzara su verdadera dimensión comercial.

La paradoja es extraordinaria: una tecnología que terminaría siendo fundamental para la economía moderna fue concebida décadas antes de que existiera la infraestructura necesaria para hacerla realidad.

Y quizá esa sea la parte más interesante de la historia.

Muchas veces imaginamos los grandes inventos como momentos de iluminación en los que alguien encuentra inmediatamente una solución y el mundo cambia al día siguiente.

La realidad suele ser mucho menos cinematográfica.

A veces una idea aparece demasiado pronto. Se archiva. Se considera poco práctica. Su inventor sigue adelante.

Y décadas después, cuando la tecnología finalmente alcanza aquella idea, descubrimos que alguien ya había imaginado el futuro.

En una caja de supermercado, todo ocurre en menos de un segundo.

Pero detrás de esas líneas negras hay una historia que comenzó mucho antes, con un ingeniero pensando en un problema imposible y dibujando una diana en la arena.

Equipo Editorial 

Instituto Español de la Bolsa

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